En la fiesta de la Conversión de san Agustín, feliz día a todos aquellos que buscan con corazón inquieto. «¿Hasta cuándo, hasta cuándo, ¡mañana!, ¡mañana! (cras et cras)? ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no poner fin a mis torpezas ahora mismo?». Conf. 8,12,28.
“El proceso de conversión de san Agustín es ante todo un itinerario afectivo, de ordenar los amores y de amar a quien se debe amar, pues el ser humano ha sido creado para Dios y el corazón del hombre estará inquieto hasta que descanse en Dios”, así finaliza Enrique Eguiarte en sus consideraciones sobre el peso de la afectividad en la conversión del Obispo de Hipona.
CONVERSIÓN COMO PROCESO Y PARADIGMA
Benedicto XVI definió a san Agustín “uno de los más grandes convertidos de la historia de la Iglesia” (Benedicto XVI, Homilía, 22-IV-2007) y que vivió la conversión no solo como “un acontecimiento sucedido en un momento determinado, sino (como) un camino” (Benedicto XVI, Homilía, 22-IV-2007); ciertamente un camino que abarca todos los momentos de su vida y en el que san Agustín irá realizando diversos cambios para responder mejor a Dios.
Su conversión ha movido a muchas personas a acercarse a Dios. De manera sorprendente se han hecho realidad las palabras que san Agustín expresa dentro de las Confesiones, donde señala que uno de sus propósitos al escribir dicha obra era animar a los pecadores a acercarse a Dios, a dejar de lado el propio pecado para experimentar la infinita misericordia del Padre que les ama:
“Porque las confesiones de mis males pretéritos —que tú perdonaste ya y cubriste, para hacerme feliz en ti, cambiando mi alma con tu fe y tu sacramento—, cuando son leídas y oídas, excitan al corazón para que no se duerma en la desesperación y diga: «No puedo», sino que le despierte al amor de tu misericordia y a la dulzura de tu gracia, por la que es poderoso todo débil que se da cuenta por ella de su debilidad” (Confesiones 10, 4).
LA ELECCIÓN DEL AMOR, CLAVE DE LA CONVERSIÓN
De hecho, todo ser humano debe elegir entre dos amores. La vida de toda persona se realiza en el amor, y para poder vivir es preciso hacer una elección. Así lo presenta san Agustín en el punto neurálgico de su obra maestra la Ciudad de Dios. Es preciso elegir entre amar a Dios, o bien amarse a sí mismo. Son dos amores que han edificado dos ciudades. El amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo, y el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios (cf. La ciudad de Dios 14, 28).
Cuando se menciona esta última frase de san Agustín algunas personas se quedan sorprendidas de las palabras del Obispo de Hipona, que habla del “desprecio hacia uno mismo”, y piensan que san Agustín exagera o va demasiado lejos. No obstante, lo único que hace san Agustín en su texto de la Ciudad de Dios es hacerse eco de las palabras del evangelio donde Jesús nos dice que una de las condiciones para ser su discípulo es negarnos a nosotros mismos. Una vez que hemos hecho esto podemos dar los siguientes pasos que presenta el evangelio: tomar nuestra cruz y seguirlo (Mt 16, 24). Precisamente de eso es de lo que habla también san Agustín, de un desprecio de sí mismo que implica un negarnos a nosotros mismos, un morir a nosotros mismos para que el amor de Dios ocupe el primer lugar en nuestras vidas, de tal forma que el amor de Dios se convierta en el norte y lo que impulsa toda nuestra vida.
Por ello, el orden del amor es una de las condiciones para la conversión, según san Agustín. Solo cuando el ser humano ha quitado de su corazón el amor a otros ídolos o realidades que no son Dios, es cuando puede colocar ahí a Dios y vivir un proceso auténtico de conversión. Por ello san Agustín destaca, en primer lugar, la necesidad de vaciar y limpiar el propio corazón. Para que el amor a Dios pueda estar en el centro de la vida de una persona, esta tiene necesidad de vaciarse de los falsos amores que llenaban su corazón. Hace falta purificar el corazón:
“¿Quieres tener la caridad del Padre para que seas coheredero del Hijo? No ames el mundo. Excluye de ti el amor malo del mundo para que te llenes del amor de Dios. Eres un vaso, pero aún estás lleno; arroja lo que tienes para que recibas lo que no tienes” (Tratados sobre la primera carta de San Juan, tratado 2, 9).